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“Queridos Hermanos,
Estoy contento de encontrarlos ahora personalmente, porque en verdad debo decir que de alguna manera los conocía ya. Hace no mucho tiempo me han sido presentados por la Congregación para los Obispos o por aquella para las Iglesias Orientales. Son el fruto de un trabajo asiduo y de la incansable oración de la Iglesia que, cuando debe elegir a sus Pastores, quiere actualizar aquella entera noche pasada por el Señor sobre el monte, en presencia de su Padre, antes de llamar a aquellos que ha querido para que estén con Él y para ser enviados al mundo.

Por lo tanto agradezco en las personas de los Señores Cardenales Ouellet y Sandri a todos aquellos que han contribuido a preparar su elección como Obispos y se han prodigado en organizar estas jornadas de encuentro, seguramente fecundas, en las que se saborea la alegría de ser Obispos no aislados sino en comunión, de sentir la corresponsabilidad del ministerio episcopal y la solicitud por la entera Iglesia de Dios.

Conozco sus hojas de vida y nutro grandes esperanzas en sus potencialidades. Ahora puedo finalmente asociar la primera impresión obtenida con los papeles a los rostros, y después de haber oído hablar de ustedes, puedo escuchar personalmente el corazón de cada uno y fijar la mirada sobre cada uno para percibir las tantas esperanzas pastorales que Cristo y su Iglesia vuelve a proponer en ustedes. Es hermoso ver reflejado en el rostro el misterio de cada uno y poder leer cuánto Cristo allí ha escrito. Es consolador poder constatar que Dios no hace faltar a su Esposa los Pastores según su corazón.

Queridos Hermanos, nuestro encuentro se desarrolla al inicio de su camino episcopal. Ya ha pasado el estupor suscitado por su elección; han sido superados los primeros miedos, cuando sus nombres han sido pronunciados por el Señor; también las emociones vividas en la consagración se van ahora depositando gradualmente en la memoria y el peso de la responsabilidad se adapta, de alguna manera, a sus frágiles hombros. El aceite del Espíritu versado sobre sus cabezas perfuma aún y al mismo tiempo va descendiendo sobre el cuerpo de las Iglesias confiadas a ustedes por el Señor. Han ya experimentado que el Evangelio abierto sobre sus cabezas se ha convertido en casa donde se puede vivir con el Verbo de Dios; y el anillo en su mano derecha, que a veces aprieta mucho o a veces corre el peligro de resbalar, posee la fuerza de solidificar sus vidas a Cristo y a su Esposa.

Al encontrarlos por primera vez, les pido principalmente jamás dar por descontado el misterio que los ha investido, no perder el asombro ante el diseño de Dios, ni el miedo de caminar conscientemente en su presencia y en presencia de la Iglesia que antes que nada es suya. En alguna parte de sí mismo es necesario conservar protegido este don recibido, evitando que se desgaste, impidiendo que haya sido en vano.

Ahora permítanme hablarles con sencillez sobre algunos temas que me son muy queridos. Siento el deber de recordar a los Pastores de la Iglesia el inseparable lazo entre la presencia estable del Obispo y el crecimiento del rebaño. Toda reforma auténtica de la Iglesia de Cristo comienza en presencia, de aquella de Cristo que no falta jamás, pero también de aquella del Pastor que sostiene en nombre de Cristo. Y esta no es una pía recomendación. Cuando el Pastor está ausente o no es localizable, están en juego la cura pastoral y la salvación de las almas (Decreto De reformatione del Concilio de Trento IX). Esto decía el Concilio de Trento, con mucha razón.

De hecho, en los Pastores que Cristo dona a la Iglesia, Él mismo ama a su Esposa y da su vida por ella (cfr Ef 5,25-27). El amor vuelve similares a aquellos que lo comparten, por eso todo lo que es bello en la Iglesia viene de Cristo, pero es también verdad que la humanidad glorificada por el Esposo no ha despreciado nuestros rasgos. Dicen que después de años de intensa comunión de vida y de fidelidad, también en las parejas humanas las huellas de la fisionomía de los esposos gradualmente se comunican recíprocamente y ambos terminan por parecerse.

Ustedes están ligados por un anillo de fidelidad a la Iglesia que les ha sido confiada o que están llamados a servir. El amor por la Esposa de Cristo les consiente gradualmente imprimir huella de ustedes en su rostro y al mismo tiempo llevar en ustedes los rasgos de su fisionomía. Por ello sirve la intimidad, la asiduidad, la constancia, la paciencia.

No necesitamos obispos felices en la superficie; hay que cavar hondo para rastrear lo que el Espíritu sigue inspirando a su Esposa. No son obispos con fecha de caducidad, que tienen que cambiar siempre de dirección, como medicamentos que pierden la capacidad de curar, o como esos alimentos insípidos que acabarán en la basura porque han perdido sabor. (cfr Mt 5,13). Es importante no bloquear la fuerza sanadora que brota del íntimo del don que han recibido, y esto los defiende de la tentación de ir y venir sin meta, porque “ningún viento es favorable a quien no sabe a dónde va”. Y nosotros hemos aprendido a dónde vamos: vamos siempre a Jesús. Estamos en búsqueda de saber «dónde vive», porque no se agota jamás su respuesta dada a los primeros: «Vengan y verán» (Jn 1,38-39).

Para vivir en plenitud en sus Iglesias es necesario vivir siempre en Él y de Él no escapar: vivir en su Palabra, en su Eucaristía, en las «cosas de su Padre» (cfr Lc 2,49), y sobre todo en su cruz. ¡No detenerse de pasada, sino quedarse largamente! Así como permanece inextinguiblemente encendida la lámpara del Tabernáculo de sus majestosas Catedrales o humildes Capillas, así que su mirada al Rebaño no deje de encontrar la llama del Resucitado. Por lo tanto, no Obispos apagados o pesimistas, que, apoyados sólo sobre sí mismos y por lo tanto entregados a la oscuridad del mundo o resignados a la aparente derrota del bien, ya gritan en vano que el fortín ha sido asaltado. Su vocación no es la de ser guardianes de una masa fracasada, sino custodios de la Evangelii gaudium, y por lo tanto no pueden estar privados de la única riqueza que verdaderamente tenemos para donar y que el mundo no puede dar a sí mismo: la alegría del amor de Dios.

Les pido además no dejarse engañar por la tentación de cambiar a la gente. Amen a las personas que Dios les ha dado, aún cuando hayan cometido ”grandes pecados”, sin cansarse de ”acudir al Señor” para obtener el perdón y un nuevo comienzo, aún a costa de ver eliminadas tantas falsas imágenes suyas del rostro divino o fantasías que han alimentado de cómo despertar su comunión con Dios” (cfr Es 32,30-31). Aprendan el poder humilde pero irresistible de la sustitución vicaria, que es la única raíz de la redención.
También la misión, vuelta tan urgente, nace de aquel «ver dónde vive el Señor y quedarse con él» (cfr Jn 1,39). Sólo quien encuentra, permanece y vive adquiere la fascinación y la autoridad para conducir el mundo a Cristo (cfr Jn 1,40-42). Pienso en tantas personas de conducir a Él. A sus sacerdotes, en primer lugar. Hay tantos que no buscan más donde Él vive, o que viven en otras latitudes existenciales, algunos en los bajos fondos. Otros, olvidándose de la paternidad episcopal o tal vez cansados de buscarla en vano, viven ahora como si no hubiesen más padres o se ilusionan de no tener necesidad de padres. Los exhorto a cultivar en ustedes, Padres y Pastores, un tiempo interior en el que se pueda encontrar espacio para su sacerdotes: recibirlos, acogerlos, escucharlos, guiarlos. Los quisiera Obispos disponibles no por la cantidad de medios de comunicación de los que disponen, sino por el espacio interior que ofrecen para acoger a las personas y a sus necesidades concretas, dándoles la integridad y la amplitud de la enseñanza de la Iglesia, y no un catálogo de lamentos. Y que la acogida sea para todos sin discriminación, ofreciendo la firmeza de la autoridad que hace crecer y la dulzura de la paternidad que genera. Y, por favor, no caigan en la tentación de sacrificar su libertad rodeándose de cortes, facciones o coros de consenso, porque en los labios del Obispo la Iglesia y el mundo tienen el derecho de encontrar siempre el Evangelio que hace libres.

Luego está el Pueblo de Dios confiado a ustedes. Cuando, en el momento de su consagración, el nombre de su Iglesia ha sido proclamado, se reflejaba el rostro de aquellos que Dios les estaba donando. Este Pueblo tiene necesidad de su paciencia para curarlo, para hacerlo crecer. Sé bien cuánto se ha vuelto desierto nuestro tiempo. Sirve, entonces, imitar la paciencia de Moisés para guiar a su gente, sin miedo de morir como exiliados, sino agotando hasta su última energía no en ustedes mismos sino para hacer entrar en Dios aquellos que ustedes guían. ¡Nada es más importante que introducir a Dios en las personas! Les encomiendo sobre todo los jóvenes y los ancianos. Los primeros porque son nuestras alas, y los segundos porque son nuestras raíces. Alas y raíces sin las cuales no sabemos qué cosa somos y ni siquiera donde debemos ir.

Al final de nuestro encuentro, permitan al Sucesor de Pedro que los mire profundamente desde lo alto del Misterio que nos une de manera irrevocable. Hoy, viéndolos en sus diversas fisionomías, que reflejan la inacabable riqueza de la Iglesia difundida en toda la tierra, el Obispo de Roma abraza la Católica. No es necesario recordar las singulares y dramáticas situaciones de nuestros días. Cuánto quisiera entonces que volviese, por medio de ustedes, a resonar en toda Iglesia un mensaje de aliento. Regresando a sus casas, en donde éstas se encuentren, lleven por favor el saludo de afecto del Papa y aseguren a la gente que está siempre en su corazón.

Veo en ustedes los centinelas, capaces de despertar a sus Iglesias, levantándose antes del amanecer o en medio de la noche para volver a despertar la fe, la esperanza, la caridad; sin dejarse adormecer o conformarse con el lamento nostálgico de un pasado fecundo pero ya declinado. Excaven aúnen sus fuentes, con el valor de remover las incrustaciones que han cubierto la belleza y el vigor de sus antepasados peregrinos y misioneros que han implantado Iglesias y creado civilización.

Veo en ustedes hombres capaces de cultivar y de hacer madurar los campos de Dios, en los que los nuevos sembrados desean manos dispuestas a irrigar cotidianamente en espera de cosechas generosas.

Veo finalmente en ustedes Pastores capaces de recomponer la unidad, de tejer redes, de remendar, de vencer la fragmentación. Dialoguen con respeto con las grandes tradiciones en las que están inmersos, sin miedo de perderse y sin necesidad de defender sus fronteras, porque la identidad de la Iglesia está definida por el amor de Cristo que no conoce fronteras. Si bien custodiando celosamente la pasión por la verdad, no desperdicien energías en oponerse y enfrentarse sino en construir y amar. De esta forma, centinelas, hombres capaces de curar los campos de Dios, pastores que caminan delante, en medio y detrás del rebaño , los despido, los abrazo, deseándoles fecundidad, paciencia, humildad y mucha oración. Gracias.”