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“LA CUARESMA, TIEMPO PARA TI QUE TE ABRE AL POBRE”

Nuevamente hemos llegado al Miércoles de Ceniza. Nuestros Templos se verán llenos de fieles que acudirán a que se les “ponga” la ceniza. Muchos lo harán con profunda fe, convencidos de lo que están celebrando. Otros quizás lo harán por costumbre, por una simple tradición que quizás ha perdido sentido en sus vidas y pueda ser que otros lo hagan como algo mágico porque han desvirtuado totalmente su fe.

Sabemos que la Cuaresma es el tiempo que precede y dispone a la celebración de la Pascua. Es un tiempo fuerte, que debemos vivirlo, en este Año Jubilar, como nos lo pide el Papa Francisco, “con mayor intensidad, como un momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios” (Misericordiae vultus, 17).

La Cuaresma, este tiempo de gracia que el Señor nos regala a cada uno de nosotros, “con su duración de cuarenta días…encierra una indudable fuerza evocadora. En efecto, alude a algunos de los acontecimientos que marcaron la vida y la historia del antiguo Israel, volviendo a proponer, también a nosotros, su valor paradigmático: pensemos, por ejemplo, en los cuarenta días del diluvio universal, que concluyeron con el pacto de alianza establecido por Dios con Noé, y así con la humanidad, y en los cuarenta días de permanencia de Moisés en el monte Sinaí, tras los cuales tuvo lugar el don de las tablas de la Ley. El tiempo de cuaresma quiere invitarnos sobre todo a revivir con Jesús los cuarenta días que pasó en el desierto, orando y ayunando, antes de emprender su misión pública” (Benedicto XVI).

Debemos prepararnos para caminar durante estos cuarenta días en una actitud de profunda revisión de nuestra vida y de nuestro actuar. Francisco nos invita a no perder este tiempo de Cuaresma ya que es “favorable para la conversión” Lo recalca en su Mensaje para la Cuaresma 2016 titulado “Misericordia quiero y no sacrificio”: “La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar”.

La Cuaresma es el tiempo privilegiado que nos regala Dios a cada uno de nosotros para intensificar el camino de la propia conversión, Es el tiempo para cooperar activamente con la gracia, para dar muerte al hombre viejo, como nos dice San Pablo, que actúa en nosotros. Se trata de romper con el pecado que habita en nuestros corazones, alejarnos de todo aquello que nos aparta del Plan de Dios, y por consiguiente, de nuestra felicidad y realización plena.

Es la Cuaresma el tiempo para ti, para mí, en el cual podemos experimentar la Misericordia de Dios, que se expresa en “el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con Él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2016).

Pero al mismo tiempo, la Cuaresma debe ser un tiempo que abre nuestro corazón y nuestras manos hacia el hermano concreto, al que está en necesidad, al pobre que sufre. Es que la Misericordia de Dios transforma nuestro corazón y nos hace experimentar el amor fiel de Él y al mismo tiempo lo hace capaz de misericordia.

Francisco lo dice claramente en su Mensaje de Cuaresma 2016: “Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo.”

Estamos llamados a “despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y… entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (Misericordiae vultus, 15).

Les invito a todos, a no quedarnos en nosotros mismos en esta Cuaresma. Que entrando a lo profundo de nuestro corazón podamos convertirnos y aprendamos a ver con ojos de misericordia al pobre, pues es él, en efecto, como dice Francisco, donde la carne de Cristo “se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado” (Misericordiae vultus, 15).

Les pido por tanto, queridos hermanos y hermanas, que vivan esta Cuaresma como un tiempo de gracia, a la escucha de la Palabra de Dios, abriéndose a la Misericordia de Dios y siendo portadores de misericordia hacia los más necesitados, al pobre que está a nuestro lado, a través de la vivencia de las obras de misericordia.

Así mismo, les invito a participar, como nos pide el Papa Francisco, en la iniciativa “24 horas para el Señor”, que se llevará a efecto en cada Parroquia de nuestra Diócesis el viernes 4 y sábado 5 de marzo.

De igual manera recuerdo a mis queridos hermanos párrocos a que durante los viernes de Cuaresma se viva una experiencia fuerte del perdón. Esos días, se puede organizar por zonas pastorales o en cada Parroquia, el VIA CRUCIS y la celebración del Sacramento de la Reconciliación, siendo nosotros, los sacerdotes, como nos dice Francisco, “un verdadero signo de la misericordia del Padre…porque “ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios” (Misericordiae vultus, 17).

Al terminar esta sencilla carta pastoral, es mi deseo, haciendo mías las palabras del Santo Padre, que donde estemos presentes como Diócesis, sea evidente la Misericordia del Padre. Que “en nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimiento, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia”
Que Dios, rico en misericordia, llene nuestros corazones de su amor. Cuenten con mis oraciones cada día así como yo sé que cuento con las de ustedes. Les pido que no dejen de orar por mí para que pueda ser siempre ese Pastor con corazón misericordioso cercano a todos.

Que el Señor los bendiga plenamente y que María, quien “atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no tiene límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno” (Misericordiae vultus, 24), los acompañe en su camino cuaresmal hacia el encuentro de Cristo Resucitado. + Mons. Alfredo José Espinoza Mateus, sdb Loja, 10 de febrero de 2016

ORACIÓN AL COMIENZO DE LA CUARESMA

“Señor, al comenzar esta Cuaresma, te pedimos que nos des un corazón puro, Una gran paz interior, una gran claridad sobre el gran horizonte que se nos abre en este tiempo santo, sobre lo que tú quieres que vivamos

en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras parroquias.

Tú estás oculto en medio de nosotros haciendo tu obra, aún allí donde hay indiferencia, en esta civilización que camina velozmente,

en la que todo es de afán y nos somete a situaciones de tensión.

Señor, que podamos tener una mirada pacífica y profunda sobre lo que tenemos que hacer en estos días. Y haz que todos podamos ver tu rostro en todas las situaciones complejas y difíciles

de nuestra historia personal y nacional.

Te agradecemos, Señor, porque ahora tenemos la oportunidad de encontrarnos contigo en la calma de la oración,

en el sacrificio del silencio, en la humildad de la adoración.

Que podamos dilatar nuestro corazón De manera que podamos recibir los dones de la Cuaresma. Y si no somos capaces de hacerlo por nosotros mismos, hazlo tú Señor: Ábrenos a la voz y a la acción purificadora de tu Espíritu que nos llama a la conversión, de manera que podamos entrar una vez más en ese camino de transformación cristiana, interior, actual, discreta, sencilla,

que se expresa en cada signo de la Cuaresma.

Te pedimos de manera especial, que podamos comprender tus hermosas palabras del primer día de la Cuaresma, el que marcamos con el signo de la ceniza,

cuando tú nos dijiste que tu Padre conoce lo secreto.

Este secreto nuestro que no es más que la rutina de lo cotidiano, rutina que banaliza las cosas importantes, que tapa los momentos heroicos de la vida, pero que por otra parte contiene la clave de la santidad humilde, en la jornada de trabajo que estamos a punto de comenzar, en la vida comunitaria que nos sostiene, en la vida familiar donde vivimos tantas alegrías y tantas pruebas, en la vida de la parroquia, tan importante para nuestra vida cristiana;

Y aún en el día de descanso, que ojalá tengamos la oportunidad de disfrutar.

Sí Señor, pero también más allá, o más adentro de los aspectos ruidosos que nos envuelven en cada jornada, está el secreto de lo oculto cotidiano,

en el cual habita el Padre.

Qué hermoso, Señor, poder descubrir la presencia del Padre en lo más profundo de nuestro ser, así como la descubrió María en su hermoso silencio orante, así como la conoció Pablo de Tarso en su largo silencio en Damasco, al inicio de su itinerario de conversión, así como la descubriste Tú en el silencio de tus cuarenta días en el desierto,

cuando nos enseñaste a vivir la escuela de la Cuaresma.

Eso es lo que nos invitas a vivir ahora contigo, Señor, caminando detrás de ti, apropiándonos de nuestra propia Cruz con la mirada puesta en la tuya. Es así como deseas que conozcamos el rostro bendito de tu Padre que está en lo secreto,

este Padre que, sabiendo nuestros secretos, nos resucitará. Amén.”

(P. Fidel Oñoro)