Carta Del Obispo De Loja Ante La Situación Del País “aprender A Llorar” | Santuario De Nuestra Señora Del Cisne

Loja, 23 de abril de 2016

Queridos hermanos:

Nuestro país fue conmovido hasta sus entrañas, el pasado 16 de abril a las 18h58, cuando un fuerte terremoto sacudió nuestra tierra y causó una devastación inimaginable.

Poco a poco fuimos dándonos cuenta de la magnitud de la tragedia y ello, gracias a la prensa, que desde el principio nos informaron y luego han estado presentes en los mismos lugares de la tragedia, haciéndonos conocer la durísima realidad que se vive en las ciudades y poblados devastados.

Al momento de escribir esta carta, la información oficial nos habla de 646 fallecidos, 130 desaparecidos, 113 rescatados, 12.494 heridos y 26.091 albergados. Todo un drama humano, el mismo que ha removido la fibra más íntima de cada ecuatoriano.

Dentro de toda esta tragedia podemos destacar un valor que ha emergido desde el corazón de los ecuatorianos, de manera especial desde los jóvenes. Ese valor es la “SOLIDARIDAD” y lo escribo con mayúsculas porque así se ha vivido. Esa solidaridad es fruto del espíritu de Jesús que se mueve en el corazón de cada creyente y en el interior de todo hombre y mujer de buena voluntad.

El Papa Francisco nos dice que “Una fe sin solidaridad es una fe sin Dios, una fe sin Cristo, una fe sin hermanos”. Así mismo, nos invita a no tener miedo de la solidaridad, a la que llama “palabra clave”. Solidaridad, según el Papa, es “”saber poner a disposición de Dios lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque sólo compartiendo, sólo en el don, nuestra vida será fecunda, dará fruto”.

Todos han hecho verdaderos “milagros de solidaridad”. Han sabido multiplicar los “panes y los peces” pues cada uno está compartiendo lo que tiene y lo hace poniendo frases en los productos que entregan. Frases que dan ánimo, esperanza, fortaleza. Frases que llevan alegría y son portadoras de vida. Así se expresa nuestro pueblo que sufre con el que sufre, que llora con el que llora y que comparte lo poco que tiene, porque han sabido dar aún desde su pobreza.

La solidaridad ha sido una respuesta a tanto dolor y sufrimiento, a tantas lágrimas que se han derramado. Han llorado las mujeres y los hombres, han llorado los rescatistas, niños y padres de familia, han llorado los ancianos al ver el esfuerzo de toda una vida en el suelo. Ha llorado la Iglesia que desde el primer momento ha estado junto a su pueblo dando una mano y poniendo esperanza y fe en la vida destruida. Sí, ha llorado el Ecuador entero, no podía no hacerlo.

El Papa Francisco en su visita a Filipinas el año anterior, ante la pregunta “¿porqué sufren los niños?”, hecha por una niña, se levantó, la abrazó y como muchos han dicho, ese abrazo es quizás la misericordia hecha vida, hecha acción.

Pero no se quedó en el abrazo sino que respondió a la interrogante y esa respuesta es una verdadera lección para todos, pero de manera especial para quien no sabe escuchar el llanto y el dolor del hermano que sufre.

Francisco dijo: “Solamente cuando Cristo lloró y fue capaz de llorar entendió nuestros dramas”. Más adelante afirmaba: “Al mundo de hoy le falta llorar. Lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar. Ciertas realidades de la vida se ven solamente con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? Aprendamos a llorar. La gran pregunta ¿por qué sufren los niños?, la hizo llorando y la gran respuesta que podemos hacer todos nosotros es aprender a llorar”.

Y el Papa nos pone a Jesús como modelo: “Jesús en el evangelio lloró, lloró por el amigo muerto. Lloró en su corazón por esa familia que había perdido a su hija. Lloró en su corazón cuando vio a esa pobre madre viuda que llevaba a enterrar a su hijo. Se conmovió y lloró en su corazón cuando vio a la multitud como ovejas sin pastor. Si tú no aprendes a llorar no eres un buen cristiano. Y este es un desafío. Y cuando nos hagan la pregunta: ¿por qué sufren los niños, por qué sucede esto o esto otro de trágico en la vida?, que nuestra respuesta sea el silencio o la palabra que nace de las lágrimas. Sean valientes, no tengan miedo de llorar”

Yo no he tenido miedo de llorar, lo confieso públicamente. Lo he hecho viendo tantos dramas humanos y escuchando los testimonios desgarradores de los sobrevivientes y de los que llegan a ayudar. No hay que tener miedo de exteriorizar nuestros sentimientos y emociones productos del sufrimiento y el dolor, de la frustración y la decepción y también del amor.

Ante un pueblo que llora, debemos llorar, hacerlo no es ninguna debilidad o pecado. Luego de llorar debemos comenzar a levantarnos. No podemos quedarnos llorando.

Y el Ecuador entero no se ha quedado llorando, ha actuado y lo ha hecho maravillosamente bien. Todos han dado una lección de solidaridad, pero esa acción solidaria nació de más de una lágrima que corrió por las mejillas y llegó al corazón.

Sí, queridos hermanos, aprendamos a llorar ante el que sufre. A muchos quizás les hace falta llorar. Ahora es el tiempo. Es el tiempo de sufrir con el que sufre, de llorar con el que llora, de acercarse y consolar al triste, de enterrar a los muertos y es el tiempo de construir esperanzas y de sembrar optimismo y fe. Saldremos adelante, somos un país unido por un abrazo solidario.

Es el tiempo donde deben surgir los líderes que se constituyan en el soporte de los demás. Es el tiempo de los hombres y mujeres que animen y orienten el esfuerzo de todos. Es el tiempo de la paciencia en el saber escuchar y alentar a nuestros hermanos, como nos dice Francisco: “Quien va por el camino de servir, tiene que dejarse hartar sin perder la paciencia”.

He escrito esta carta con el corazón de pastor y espero que la misma ayude a construir porque estoy convencido de que es el momento de unirnos en un mismo espíritu para salir adelante todos juntos. El camino a recorrer será largo y cuesta arriba, pero limpiados nuestros ojos por las lágrimas de hoy, lograremos ver el mañana con mayor claridad.

Reciban mi bendición de padre y pastor

+ Mons. Alfredo José Espinoza Mateus, sdb

Obispo de Loja