Caritas in veritate es un documento social, la primera encíclica sobre la situación del mundo en la época de la globalización. Pero es también un documento profundamente teológico; no podía ser de otra manera considerando la formación extraordinaria de Joseph Ratzinger, nuestro Benedicto XVI. Esta encíclica contiene una síntesis de los pensamientos del Papa y de las experiencias de la Iglesia, una síntesis que es en verdad universal y reflexiona sobre situaciones muy diversas, crecidas en los contextos frecuentemente contrastantes en los respectivos países y continentes; reflexiona sobre las condiciones de los mecanismos económicos y de las fortalezas, pero también las dificultades y debilidades, de las organizaciones internacionales “en el período de la globalización”. La encíclica fue firmada el 29 de junio pasado, y nosotros, cada en nuestros programas iremos conociendo poco a poco los contenidos de este nuevo documento y así integrarlos en nuestra vida de creyentes, porque la doctrina social de la Iglesia no es para encerrarla en los libros, sino para vivirla como seres sociales que también somos.

El párrafo 1 de la encíclica que nos puede iluminar para entender el resto de este nuevo documento eclesial sobre las cuestiones sociales. “La caridad en la verdad… es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad”, es la sentencia que abre la reflexión de Benedicto XVI sobre los problemas actuales para ofrecer una visión cristiana sobre las pistas de solución. Y habla del amor no sólo porque es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno, Verdad absoluta, sino porque como humanos que somos sabemos que cuando ponemos amor en las cosas las hacemos con mayor satisfacción. Visto de esta manera, desde la perspectiva del amor, entonces el mensaje puede ser entendido no sólo por los creyentes, que sabemos y constatamos en nuestra vida la presencia amorosa de Dios, sino, y sobre todo por aquellos que tal vez no tienen referencias religiosas para su actuación sino la simple filantropía. De ahí que cuando la encíclica es dirigida a los creyentes, pero también se dirige a los hombres de buena voluntad, los engloba en una categoría que puede ser comprendida por todos: el amor.